viernes, 11 de noviembre de 2016

Mr Cohen se despide en otoño

No ha de faltar quien relacione el mutis por el foro que acaba de hacer Leonard Cohen con el triunfo electoral de Trump. Y lo cierto es que no cabe descartar ninguna hipótesis. Aunque bien es verdad que el poeta y cantante canadiense ya había dicho públicamente adiós en una larga y valiente entrevista, que alcanzó una gran resonancia. El elegante y sensible caballero fue un hombre de palabra hasta el final. De hecho, el que puede considerarse su testamento vital y artístico, You want it darker (ver vídeo abajo), explicita con meridiana claridad que ya está listo para emprender el viaje definitivo. En más de un detalle, su despedida me ha traído a la memoria la que hace unos meses hiciera David Bowie con su Lazarus.  De las varias ocasiones en que la figura o la obra de Leonrad Cohen se han asomado a La Posada, rescato ahora, como homenaje más que póstumo intemporal, esta crónica de su actuación en Madrid en el otoño del 2009. Que sigan sonando sus palabras y su música: la íntima e inconfundible forma de decir las primeras, y el singular y sensible modo de convertir la segunda en una de las manifestaciones más creíbles, lúcidas y conmovedoras de la plegaria. Será difícil volver a escuchar ninguna de sus canciones sin que se nos salten, otra vez, las lágrimas. O se nos dibuje, también, una sonrisa. Y, naturalmente, estaremos llorando y riendo por nosotros mismos. Descanse en paz.


Mr Cohen inaugura el otoño
El verano, que me dejó la luz de la música de Irlanda mezclada con viejos sueños infantiles y las voces de sus poetas dando nombre exacto a muchos presentimientos, se resistía a marcharse y amenazaba con prolongar su sugerencia de vida aplazada, cuando el caballero zen y su grupo de artistas prodigiosos vinieron a poner las cosas en su sitio e inauguraron las armonías e incertidumbres del otoño.

Tuve la suerte de asistir la otra noche al recital que Leonard Cohen dio en Madrid y creí comprender definitivamente por qué las melodías susurradas y de apariencia monótona de este irónico, romántico y elegante poeta tienen tanto peso en la banda sonora de muchas vidas (disculpen el tópico pero creo que es justamente así). Y desde hace tanto tiempo: en la mía desde al menos 30 años.

La razón es sencilla: se llama emoción compartida, capacidad de dibujar con aguda precisión los paisajes cordiales de la mente y sus territorios derruidos, de mantener vivo, pese a todo, el instinto de la alegría y el impulso no domesticado para seguir creyendo que alguna forma de felicidad común es posible. A mi entender, el arte de Leonard Cohen se funda en la emoción que nace de la celebración del encuentro de los cuerpos más allá de las trampas que nos vuelven a todos cazadores y presas en esta jungla de espejismos en que se ha convertido el mundo (si es que alguna vez fue otra cosa).
Aunque, según dicen las crónicas, los motivos inmediatos de la vuelta del artista canadiense estén directamente ligados a los problemas financieros surgidos de una traición (al parecer no sólo económica), el completo y generoso repaso que Cohen hizo de su discografía, en una especie de «concierto total», transformó su presencia ante un público apacible y entregado en una ocasión memorable.

Las canciones y la poesía de Cohen, que brotan de una misma fuente, poseen junto a su precioso ritmo envolvente una gran capacidad narrativa. No sólo enuncian estados de ánimo o formulan opiniones sobre esto o aquello. También, y sobre todo, cuentan historias. Relatan diversos episodios, incluidos los más escabrosos o más mitificados, de una extensa peripecia vital en la que el fulgor del deseo, las delicias y las ruinas de la vida en pareja, los claroscuros del compromiso político, la afirmación del espíritu libre, la denuncia de la estulticia o la mirada compasiva sobre la lucha del ser humano enfrentado a sus limitaciones, entre otras muchas experiencias, se plasman en imágenes y melodías iluminadoras sostenidas por un lenguaje vivaz y un tono meditativo que dejan abierta una puerta para que por ella penetre la chispa del humor o el doble filo de la ironía punzante o tierna pero nunca autocompasiva, de modo que el saldo final siempre cae del lado de la inteligencia.

No hay que olvidar, aunque puede resultar un envoltorio engañoso, el matiz litúrgico, de ceremonia sagrada, con que el artista se entrega a la celebración de un arte en el que la música parece nacer desde el interior de las palabras. Esa marcada apariencia de ritual envuelve su actuación en un clima que lo acerca a una experiencia cuasi religiosa. Una “misa profana”, sin mayor (ni menor) trascendencia que la de poner en juego el esfuerzo por vivir la intensidad de los sentidos. Y es quizás este aspecto, que a veces puede parecer un poco sobreactuado, el que hace de Mr Cohen un caballero audaz, un viejo resistente que se arrodilla ante su público (quién sabe si también ante una divinidad inspiradora: la fuente de su sensibilidad) para mejor decir su arte y mostrar que, pese a los estragos de la edad (desvanecimientos, como el de Valencia, incluidos), conserva intacta la capacidad de conmoverse y conmovernos.

Leonard Cohen, en el otoño pleno y elegante de su vida (hoy mismo cumple 75 años), cerrará esta noche en Barcelona (si todo ha ido bien) una gira veraniega que no ha hecho más que aumentar su leyenda. En Madrid, como supongo que haría en los demás lugares donde ha actuado, agradeció al público el haber mantenido vivas sus canciones durante su larga ausencia de los escenarios. Y aunque eso sea verdad, la recíproca no es menos cierta: sus canciones son un recuento fiel e insustituible del puñado de razones y sentimientos que nos mantiene vivos.

Ahora, además, nos vuelven un poco más capaces de encarar con buen pulso las inevitables mudanzas del otoño.

Foto: By Dominique Isserman (tomada del programa del concierto).




Rescatada de los Arcones de La Posada.
Primera publicación: 21/09/2009 a las 21:12.

10 comentarios:

Antonio del Camino dijo...

Excelente crónica y precisa reflexión sobre un artista polifacético y personalísimo, del que me contaron ha tiempo (no sé hasta qué punto tal cosa es así) que aprendió castellano para poder leer a Lorca sin traducción.

Tu texto, junto al de J12, colgado días atrás en su blog, me ha traído nuevamente algunas de las canciones referentes en mi memoria musical y, de manera especialísima, aquella melodiosa y susurrante Suzanne, casi un himno entre su abundante producción. (Por cierto, curiosa la versión de Serrat en catalán, dicho sea entre paréntesis.)

Un abrazo.

cristal00k dijo...

Yo creo que somos multitud, aunque sea multitud escogida, los que hemos amado, llorado, desamado, pensado y planteado infinidad de cosas, al son de su música. Tuve la suerte de verle en illo témpore en Paris... ay! que tiempos! y me conmovió tanto como me entusiamó. Como a todos.

Siento leer que ha vuelto por una traición y por razones económicas, pero aún así, una suerte para los afortunados que hoy han ido a escucharle.

Magnífico artículo Alfredo.

Abrazos.

Alfredo J. Ramos dijo...

Gracias, Antonio. No sé si llegó a aprender castellano, pero su hija se llama Lorca. La interpretación de "Pequeño vals vienés" (Take this waltz), precedida de su reconocimiento al poeta y una pequeña anécdota sobre su descubrimiento, fue uno de los momentos especiales del concierto.

Alfredo J. Ramos dijo...

Graciñas, Cristal. La traición fue sobre todo económica: su representante, manager y, al parecer, amante ocasional, Kelley Lynch, se fugó en 2005 con cinco millones de dólares. Al final, como comentaba Fernando Neira en El País, hasta tendríamos que estarle agradecidos...

Luisa Arellano dijo...

Me alegra tu vuelta, Alfredo, y me alegra que nos acerques a Leonard Cohen, como preludio del otoño.

Lo que son las cosas, yo he recordado que como vivía en un pueblo, con mucha gente trabajadora con muchas nacionalidades distintas, pero pueblo al fin y al cabo, nos informábamos de los artistas que había en el mundo por lo que nos contaban nuestros amigos de pndilla que eran un poquito más mayores que nosotras y mucho más informados. Me encantaba la voz rota de Cohen y la música. Se me ponía la piel de gallina e intuía que "debajo" lo que se decía era muy importante, a pesar de que yo no lo entendía...

Gracias por tan bonitos recuerdos.

Un abrazo.

Alfredo J. Ramos dijo...

Gracias a ti, Luisa, por pasarte y por tus palabras. (Espero que ese escafoides ya esté curado). Un beso.

virgi dijo...

Nunca tuve la dicha y la tristeza de disfrutarlo en directo, pero vivo desde hace décadas con su música y con lo que me cuenta mi marido que lo vio en Londres un par de veces, emocionado Cohen hasta las lágrimas y emocionado el público que nunca lo olvidará.
Como yo misma, He's our man.
Un fortísimo abrazo

Alfredo J Ramos dijo...

Gracias, Virgi. Siempre nos quedará su música. Y el roce tan gratificante de su elegancia. Un beso.

María Socorro Luis dijo...


Siempre me emocionó hasta la lágrima su voz-susurro, su mensaje...

Alfredo J Ramos dijo...

Gracias, María. No estás sola en eso.